Como lo imaginarás o habrás soñado varias veces, viajar al extremo sur del planeta no es un simple paseo: es una experiencia transformadora, única e irrepetible. Una vez a bordo de los gigantes cruceros que atraviesan el océano hasta llegar a los confines del mundo, el viaje se vuelve una aventura.
¿O no que a veces vale la pena salir de la zona de confort y pasar unas vacaciones fuera de lo común? Y qué mejor que en un barco gigante con todas las comodidades y acompañado por profesionales preparados para guiarte y contarte sobre las maravillas de esa región enigmática.
De esto queremos hablarte en esta nota: de esos cruceros que realizan expediciones increíbles por la Patagonia y la Antártida, que te llevan a recorrer paisajes impensados con glaciares colosales, islas rebosantes de vida silvestre, aguas legendarias del Atlántico Sur y el hielo eterno del Continente Blanco.
A bordo, cada día trae un nuevo descubrimiento: desembarcos en playas remotas, avistaje de pingüinos y ballenas, caminatas entre bosques, y la posibilidad de pisar lugares míticos como el Cabo de Hornos o la Isla Decepción. Y todo con el confort de barcos diseñados para combinar aventura con lujo discreto.
Desde Tangol tenemos una opción especial para compartir, con un itinerario que condensa la magia de los mares australes, cada uno con su propia esencia. Prepará la campera, la cámara y las ganas de asombro: estas son las expediciones que te esperan.
Islas Malvinas y Georgias del Sur y Península Antártica: 20 días inolvidables a bordo de un crucero
La propuesta es hacer un recorrido de 21 días a bordo del Crucero Ortelius por las zonas más australes del mundo, aterrizando en lugares inhóspitos que te llevarán a poner pie en el Continente Antártico.
Ortelius es un excelente barco para navegar sobre el hielo marino solidificado, cuenta con capacidad para 108 pasajeros y un amplio espacio abierto en la cubierta, ideal para el avistaje de aves y el paisaje épico.
Desde Puerto Madryn, el barco se convierte en tu casa flotante rumbo a las Islas Malvinas, un territorio bajo ocupación británica pero de soberanía argentina, donde la historia reciente se entrelaza con la vida cotidiana isleña y con un paisaje natural único.
La primera impresión de Puerto Argentino, su capital, suele sorprender: casas de techos de colores brillantes, un aire típicamente británico en su arquitectura y pubs, y la presencia constante del mar. Para el turista, Puerto Argentino ofrece varios atractivos que permiten comprender la compleja identidad cultural de las islas.
Uno de los sitios más recomendados es el Museo de las Islas Malvinas (Falkland Islands Museum), donde se exhiben piezas y documentos que narran tanto la historia natural de las islas como la historia de la presencia humana del archipiélago (si bien estas piezas están condicionadas por la visión del ocupante británico, poseen un gran valor histórico y cultural). Aprender sobre los animales de esta región, la vida de los pioneros y, por supuesto, los acontecimientos de la Guerra de 1982, que todavía marcan profundamente la memoria colectiva, es una experiencia apasionante.
Otra recomendación es la visita a la Catedral Anglicana de Cristo, construida en 1892 y famosa por su arco hecho con huesos de ballena.
Aunque esta expedición no lo contempla, vale la pena mencionar que a 90 kilómetros de Puerto Argentino, en la isla Soledad, se encuentra uno de los lugares más significativos para los argentinos: el Cementerio de Darwin, donde descansan casi 250 soldados argentinos que pelearon honradamente en la Guerra de Malvinas en 1982.
El cementerio fue construido en 1983 gracias a gestiones de la Cruz Roja Internacional y del Gobierno Argentino, como respuesta a la necesidad de dar un lugar digno a nuestros caídos. Durante décadas, muchas lápidas llevaban la inscripción “Soldado argentino solo conocido por Dios”, ya que no se conocía la identidad de los cuerpos. Sin embargo, gracias a un histórico trabajo conjunto de identificación forense realizado en los últimos años, se logró poner nombre a la mayoría de los soldados, permitiendo que sus familias tuvieran finalmente un lugar donde llorarlos y homenajearlos. La visita al cementerio es una experiencia profundamente emotiva. El paisaje silencioso, viento constante y soledad extrema refuerza el sentido de memoria y de soberanía. Allá, cada 2 de abril, los veteranos y familiares que logran llegar realizan homenajes en los que se renueva el compromiso de no olvidar.
Además de la historia, las Malvinas ofrecen espectáculos naturales que cautivan a cualquier visitante. El archipiélago es hogar de colonias de pingüinos rey, de Magallanes, de penacho amarillo y papúa, que se agrupan en playas extensas y permiten un contacto cercano con el visitante. En Volunteer Point, por ejemplo, se encuentra una de las colonias más grandes de pingüinos rey fuera de la Antártida, un verdadero santuario natural.
También abundan los leones marinos, lobos de dos pelos y elefantes marinos, que descansan sobre la arena o las piedras, así como numerosas especies de aves, entre ellas los albatros de ceja negra. Las excursiones en barco permiten observar delfines y, en ciertos meses, el paso de ballenas jorobadas. Y no te preocupes: el recorrido por las islas se realiza con un fuerte compromiso ambiental. Las visitas suelen estar reguladas para proteger la fauna y minimizar el impacto humano.
A unos 1500 kilómetros al este de las Malvinas se encuentran las Islas Georgias del Sur, un territorio inhóspito y majestuoso, célebre tanto por su fauna como por su historia ligada a la exploración polar y la industria ballenera.
La puerta de entrada es Grytviken, un antiguo puerto ballenero fundado por noruegos a principios del siglo XX. Hoy, sus instalaciones oxidadas y silenciosas contrastan con el paisaje montañoso que lo rodea. Allá en 1913 se levantó una iglesia luterana noruega que todavía se mantiene en pie y recibe visitantes que se sorprenden al encontrar este pequeño templo blanco en medio del Atlántico Sur.
En Grytviken también se encuentra el Museo de Georgias del Sur, que recorre la historia de la caza de ballenas, la vida de los trabajadores, la exploración polar, y la investigación científica actual. Cada sala invita a reflexionar sobre la relación entre el ser humano y este ambiente extremo, mostrando desde arpones y herramientas hasta testimonios de los primeros exploradores.
Uno de los lugares más visitados en Georgias es el cementerio donde descansa Ernest Shackleton, el célebre explorador irlandés que lideró la expedición Endurance y cuya gesta de supervivencia se convirtió en leyenda. Su tumba recibe homenajes de viajeros que suelen brindar con whisky en su memoria, siguiendo una tradición que refuerza el vínculo entre la épica de la exploración y la hospitalidad moderna.
La última etapa de este itinerario de tres semanas es, sin dudas, la más esperada: la Península Antártica. Para llegar hasta allá es necesario cruzar el Pasaje de Drake, un tramo de mar famoso por sus condiciones cambiantes, pero que también regala la compañía de albatros, petreles y otras aves marinas. Quienes lo atraviesan suelen decir que el Drake es parte esencial del viaje: una especie de rito de paso hacia el continente blanco.
Una vez en la península, el paisaje se vuelve irreal: montañas escarpadas cubiertas de nieve, glaciares que se desprenden en forma de icebergs azulados y una calma que transmite una paz casi espiritual. Los desembarcos en Zodiac permiten acercarse a colonias de pingüinos Barbijos y Papúa, observar ballenas jorobadas que se alimentan en bahías ricas en krill y recorrer estrechos de belleza inigualable, como el Canal de Lemaire.
Algunos itinerarios incluyen la visita a estaciones de investigación internacionales, donde se puede conocer de cerca cómo viven los científicos que trabajan en este entorno extremo. Y si el clima lo permite, la Isla Decepción ofrece una experiencia inolvidable: bañarse en las aguas termales de su bahía volcánica en el famoso “polar plunge”, un chapuzón que combina adrenalina y diversión en un escenario único.
El regreso a Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, es un retorno a la civilización cargado de emociones, con la sensación de haber sido parte de un viaje que quedará grabado para siempre.